El Clavel
Aquella noche sombría resultaba ser de las mejores que había tenido en mucho tiempo. Me encontraba allí, una vez mas en ese lugar, ese lugar que tanto detestaba, al que deseaba no tener que llegar.
Llovía, como era habitual en esta época del año. Ese lugar horroroso; la cafetería, se encontraba completamente vacía, sólo el molesto tictac del gran reloj de la pared abigarrada me recordaba el abatimiento que sentía. Pero esta no era una noche como las otras, no era tan abominable, tan perturbadora...
El gran reloj marcaba casi las once, todo transcurría en -puedo decir- perfecto orden. Sin embargo, había algo que me parecía verdaderamente extraño: la cafetería estaba vacía, las calles estaban demasiado desoladas, era una noche melancólicamente diferente. Algo ocurriría. Aunque me sentía tranquila, muy en el fondo de mi corazón sabía que no todo estaba tan bien como parecía.
Me sentía bastante cómoda al encontrarme completamente sola en la cafetería, me reanimaba el hecho de que esa noche no tendría que soportar el agobiante peso de ser una mesera maltratada hasta por los mismos clientes, que por la clase de aquel sitio, no pasaban de ancianos desocupados o borrachos que trataban de pasar su malestar con unas cuantas tasas de café bien cargadas para no llegar a sus casas en tan degradante estado.
La cafetería era como un gran basurero, las paredes estaban bastante deterioradas, las sillas y mesas ni siquiera podrían ser llamadas de esta manera, estaba lo suficientemente iluminada como para notar lo deprimente del lugar. Yo trabajaba ahí, todas las noches, sólo lo hacía por necesidad; sino fuera por que tengo que mantener a mi familia y pagar mi universidad, hace mucho habría salido de ese sitio.
No toleraba tener que lidiar con todos aquellos sujetos que llegaban de todas partes a la cafetería. Yo era la única mesera del turno de la noche –como si no fuera suficiente con el hecho de desvelarme todas las noches también debía soportar la inseguridad que trae consigo la noche-.
Todo seguía igual, con la diferencia de que ahora el reloj marcaba poco menos de 15 minutos para las 12. Mi turno iba hasta las 7 de la mañana para luego volver a las 8 de la noche. El tiempo transcurría con gran lentitud.
De pronto, de no sé cual lugar, apareció un hombre, de aspecto demacrado -creí que sería otro de tantos ancianos- pero aquel sujeto no parecía tan mayor, era bastante atípico, de esos tipos salidos de las películas, de los que casi no se ven.
Se sentó en la barra con gran sigilo, alzó la vista y sentí como su mirada me taladraba. Con la voz casi ronca le pregunté que deseaba de comer o de beber, pero con tenebroso timbre respondió: -nada señorita, sólo estoy esperando el momento- hizo una pausa y siguió: -el momento adecuado-. Aquellas palabras me atemorizaron por completo, por un instante creí que me haría daño, pero luego, de forma inexplicable sentí una calma incomparable: sabía que no era a mí a quien esperaba.
Faltando pocos minutos para las doce, aquel extraño personaje se levantó de la silla y con un gesto se despidió, abrió la puerta con ligereza y desapareció. Noté que en un bolsillo de su gran gabán llevaba dos hermosos claveles rojos, de los cuales uno acababa de dejar en la barra.
A eso de las doce sentí dos ensordecedores disparos. Llena de pánico me cubrí tras la barra, tomé el teléfono y me apresuré a llamar a la policía sin comprobar lo que estaba pasando.
Poco tiempo después pude escuchar las sirenas de las patrullas de policía. En ese momento al fin pude moverme, salí de la cafetería y dentro de mi aturdimiento no lograba comprender lo que ocurría.
Yo me encontraba ahí, parada en la puerta de la cafetería, rodeada de policías y paramédicos que parloteaban sin parar. Trataba de calmarme pero cada intento era más inútil que el anterior.
No entendía nada de lo que los policías me decían. De repente, a unos cuantos metros de mí vislumbré un gran cuerpo tirado en el suelo, lo rodeaba un espantoso charco de sangre y un par de paramédicos que trataban de reanimarlo.
Por un extraño impulso me acerqué a aquel cuerpo inmóvil, a cada paso que daba me sentía más abatida pero al mismo tiempo absorta aun que me encontrara en una escena tan funesta. Cuando me hallaba a unos pocos pasos del ahora ya cadáver, pude distinguir de quien se trataba. En la penumbra de la noche lograba ver con perfecta claridad el hermoso clavel que tenía en el maltratado bolsillo de su gabán. En ese momento comprendí: aquel hombre que había llegado a la cafetería esperaba paciente el momento de su muerte.
Mientras analizaba la situación, un oficial de policía se me acercó y me pregunto: -¿lo conoce?-. Con frágil voz respondí: -No, sólo estuvo un momento en aquella cafetería- dije señalando el lugar. -Entonces...- prosiguió el policía -¿hablaron de algo?- Pensé un instante en la respuesta que iba a dar y continué con la voz casi entrecortada: -Si, le pregunté si deseaba algo, pero el...- hice una pausa -El solo dijo que estaba esperando el momento adecuado-
-¿El momento adecuado para qué?- Continuó el oficial
-No lo sé. No lo sé- Respondí abatida
-Y... ¿luego que ocurrió?- Siguió
-El sujeto salió de la cafetería dejando un clavel como ese en la barra. Luego lo único que escuché fue los disparos.
Todo se quedó en un silencio agobiante y vi como todo pasaba frente a mí. Los paramédicos se habían dado por vencidos y los forenses ponían al hombre en una camilla mientras una paramédico se me acercaba con una nota ensangrentada, en el momento en que me la entregó un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, con gran angustia desdoblé el papel y todavía temblando lo leí, decía:
A la niña de la cafetería:
En el bolsillo de mi gabán
Están todos mis ahorros,
Tómalos y utilízalos para ayudar
A tu familia y para pagar el
Semestre atrasado de tu
Universidad. Perdóname, sé por
Lo que debes estar pasando.
Atentamente:
Clavel...
La nota me estremeció completamente, no comprendía por qué razón aquel hombre que no había visto nunca en mi vida sabía tanto de mí. De inmediato corrí hacia la ambulancia en la que lo iban a trasladar, y casi abalanzándome sobre el cadáver; introducí mi mano en su bolsillo atrapando con ella un pequeño bultito en una bolsita de terciopelo. Los paramédicos se apresuraron a apartarme de él.
Cuando tuve aquella bolsita de terciopelo en mis manos la abrí con desconfianza y, efectivamente, ahí estaba el dinero. Con gran tedio resoplé y casi corriendo entré en la cafetería. Exactamente no sabía que hacer. Necesitaba mucho el dinero pero por otro lado sentía que lo que había hecho estaba mal; sentía como si estuviera robando a sabiendas que aquel hombre me lo había -prácticamente- regalado.
Observé como los forenses se lo llevaban en la ambulancia y como las patrullas de policía los escoltaban. En un instante todo se quedó en un frío silencio, acababa de pasar por una situación lo bastante perturbadora como para traumatizarme.
Miré el reloj y noté que ya eran más de las 6. El tiempo había corrido rápidamente desde el suceso. Todo seguía en silencio y avisté unas cuantas personas que se acercaban a la cafetería. Tratando de cambiar mi semblante hice una mueca fingida mientras entraban en el lugar y como todos los días; los atendí sin mayor júbilo. Los días siguientes fueron totalmente normales.
Entonces comprendí que la vida es tan maravillosa como tú mismo la quieras, si tú la construyes tensa; tenso vivirás, pero si por el contrario, sueñas con vivir con regocijo y satisfacción; ten la seguridad de que así será.
Huyyyyy very well..........Pero poné la letra más grande que casi me saco los ojos leyendo.
ResponderEliminarMuy bien muy bien, me gusta tu cuento.
Te qquiero muchoooooooooooooooooooooo
Bufy :)
Jee... ya le cambié la letra... gracias por tu coment... te quierooo muchisisisisimoooo!!! y tu escribes mucho mejor!!! jee
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